¿Día del maestro o día de la educación de calidad?

Otto Granados Roldán

Por regla general, los días 15 de mayo suele celebrarse el llamado día del maestro con algunas festividades, rifas de distinta naturaleza, desayunos y comidas, bonos económicos adicionales al salario, todo ello pagado por supuesto con recursos públicos o, mejor dicho, con los impuestos que pagan los mexicanos, y es ocasión para pronunciar discursos ditirámbicos donde se reconoce la labor, el “apostolado” o el “sacrificio” de los docentes. Esta ha sido la tradición desde mediados de siglo pasado pero ha llegado la hora de cambiar radicalmente esta coreografía entre otras cosas porque la situación educativa es catastrófica, y, dentro de ella, la profesión docente atraviesa por diversas crisis.

La primera evidencia es que en todo el mundo el interés por estudiar para maestro ha venido disminuyendo considerablemente. Diversas investigaciones han documentado que en México, desde 2011, se observa una reducción nacional de aspirantes a ingresar a las escuelas normales de 57%, mientras que la matrícula efectiva de dichas escuelas disminuyó un 17%. Esto quiere decir que en la actualidad hay unas 125 mil personas estudiando para maestros, apenas un 3% de todos los que estudian una licenciatura en el país. En muchas universidades públicas, la relación aspirantes/admitidos a entrar por ejemplo a carreras como medicina o ciertas ingenierías es de 10 a 1. Eso no pasa en las normales. Según el Observatorio del Tecnológico de Monterrey, parte del problema es que la profesión docente está desprestigiada, por lo que muchos estudiantes no quieren ser seguir esa profesión, y los que ya están en servicio renuncian o desertan entre otras cosas por el temor, hasta 2019, a presentarse a las evaluaciones de desempeño.

Las razones de este fenómeno son varias.

El surgimiento de los universitarios, la urbanización del país, la modernización tecnológica y la propia renovación generacional en la docencia, entre otras muchas variables, llevaron al magisterio tradicional a un papel mucho menos protagónico que el que tuvo en el pasado -cuando eran los líderes comunitarios, sociales y hasta políticos-, algo de lo que los maestros no han cobrado conciencia cabal porque la retórica sindical y la zona de confort que ello asegura siguen generando una narrativa que ya no corresponde con estos tiempos.

Esa disonancia entre la percepción que el magisterio tiene de sí mismo y la fisonomía de un país muy distinto, ha impactado su sistema de creencias provocando una especie de complejo ante otras profesiones liberales con mayor reconocimiento social y ha favorecido una disposición natural a una suerte de endogamia, a agruparse en un sindicato -SNTE o CNTE- que presumiblemente defiende sus intereses sobre la base de complicidades, encubrimientos y contubernios de distinto tipo, y a una propensión a hacer de las quejas y demandas continuas la bandera habitual, todo lo cual lubrica los sentimientos de exclusión.

A mi juicio, uno de los saldos más negativos en el comportamiento colectivo del magisterio es que la forma en que fue organizada la educación y las propias condiciones históricas dieron por resultado la percepción de que es un magisterio psicológica y socialmente acostumbrado a una especie de autoescarnio o por lo menos a una autoestima colectiva relativamente baja. De acuerdo con una encuesta de El Economista (2018), entre las ocupaciones profesionales más respetadas en el país solo 2 de cada 10 personas le otorgaron la calificación máxima al trabajo realizado por la docencia. Otra es que, como hay muchos padres, hijos o nietos de maestros, entonces su comunicación y su relación con otros grupos se vuelve muy cerrada y fueron advirtiendo que la importancia del magisterio en el México contemporáneo se diluía.

El maestro observó que estaban surgiendo nuevos profesionistas que encontraban rápidamente empleo y que eran “licenciados”, que no era una titulación liberal exactamente igual que la otra. Uno pasó por la universidad y ellos por una normal; uno tenía posibilidades de emplearse por sí mismo y ellos estaban abrumadoramente atados a su principal y casi único empleador que era y es el sistema educativo público, mediante el atractivo de obtener plazas automáticas al salir de la escuela normal y de mantener una estabilidad laboral de largo plazo prácticamente sin ninguna condición asociada a su efectividad o a los logros de aprendizaje de sus alumnos.

Todo ello, como es fácil de comprender, ha devaluado la profesión docente y el reto principal es cómo volver a darle cierto prestigio.

Lo primero sin duda es que se trata de una profesión de la mayor importancia para la educación nacional. Lo segundo es fortaleciendo los mecanismos de ingreso a la carrera docente a través de concursos de oposición abiertos, transparentes y basados en el mérito para que sean seleccionados y contratados los mejores. La tercera condición es que, reconociendo que como en otras actividades o profesiones hay maestros excelentes, buenos, regulares, malos y pésimos, es indispensable que su desempeño profesional sea evaluado cada 3 o 4 años para garantizar su actualización, calidad y competencia, y construyendo una fórmula mediante la cual las mejoras salariales estén vinculadas a este factor; en otras palabras: los mejores maestros deben ser los mejor pagados. Y finalmente los docentes deben ser apoyados con capacitación práctica variada y de excelencia, acompañados en su trabajo en el aula y dotados de planes, programas y herramientas que mejoren su trabajo frente a grupo. Es un círculo virtuoso y va todo junto.

Nada de esto, sin embargo, está ocurriendo ahora y las víctimas no solo serán los niños sino el país y los estados en su conjunto porque lamentablemente todavía hay sistemas educativos donde los arreglos políticos, las complicidades sindicales y la corrupción determinan la actividad docente.

En suma, es hora de que el día del maestro se transforme en el día por una educación de gran calidad para los niños de México.